UNA GALLINA Y EL GRAN COMETA


Don Alonso Montoya y Paredes fue un conocido y respetado abogado de la villa de Cáceres de mediados del siglo XIX, que probó las artes de la política para beneficio de sus paisanos en los años sesenta de dicha centuria, en que fue Teniente de Alcalde, para cuando el Ayuntamiento cacereño hacía uso del palacio de la Generala, entretanto se levantaba el que sería el actual edificio consistorial. Demostró buenas maneras en el ejercicio de la tarea pública, lo que redundó en una re-ganada consideración acerca de su persona, maltrecha desde algún tiempo atrás por el suceso que a continuación se narra.

En un terreno de su propiedad, aledaño a su casa en la calle Grajas (actual calle Donoso Cortés), había montado un pequeño corral con unas gallinas, con el que darle a su vida una estampa bucólica y placentera para las horas en que no estaba atrapado en las ruidosas y exigentes redes de su oficio.

Una buena mañana, buscando en los ponederos, encontró un huevo en que se representaba el detalle vívido de la figura de una estrella de cinco puntas de la que sobresalía una larga cola que recorría gran parte del cascarón. Su aparente realismo era tal que, aún con el asombro marcado en su rostro, don Alonso decidió dar cuenta del extraño fenómeno a personas que le pudieran ofrecer alguna explicación plausible del mismo.


Ilustración de la época de E. Weis, representando el Gran Cometa de 1861


Hubo quien recordó entonces haber leído que, apenas dos siglos atrás, en la ciudad de Roma se tuvo noticia de otra de estas aves que, igualmente, puso un huevo con la marca de un cometa bien señalada, cuando nunca antes había puesto huevo alguno.


Coincidió este singular acontecimiento conque el mismo día, el 14 de noviembre de 1680, un astrónomo alemán llamado Goufried Kirch dio a conocer al mundo el descubrimiento de un espectacular cometa, de un color rojo intenso y una brillante y alargada cola que iluminó el firmamento durante varios meses. El suceso de Roma, que hubiera pasado quizá desapercibido, o cuanto menos hubiera alimentado la curiosidad y los comentarios de las gentes durante unos días, comenzó a circular de boca en boca, y a propagarse con un tono profético y catastrofista desde Roma por toda Europa, alimentando las creencias y supersticiones de quienes veían una premonición apocalíptica en la conjunción de ambos sucesos. Los cometas eran portadores de infortunios... y se creyó que Roma, la ciudad eterna, había caído en desgracia por causa o por aviso del maldito huevo.


Un suceso similar se reprodujo en Cáceres...

La gallina de don Alonso, del color del mal fario, negro, según las descripciones que nos han dejado las historias, aislada de sus compañeras siguió poniendo huevos extraños y con todo género de alegorías y símbolos, unos más marcados y otros dejados a la imaginación más fantasiosa del dueño, de sus criados o de todo aquél que se acercara a contemplarlos. Pero fue el primero el que suscitó los comentarios catastrofistas de los mentideros de la villa, que nada bueno presagiaban de esta rareza de la naturaleza.


Los mentideros eran lugares de reunión cotidiana, y pareciera que espontánea, en los que se conversaba sobre los asuntos más relevantes y delicados del día. En ellos, frecuentemente se especulaba y exageraba para intentar cada cual ser el centro de atención, y quizá, por este motivo, se daban, con más frecuencia de la que era de esperar, matices catastrofistas a sucesos de escasa relevancia, cuando no dedicarse al ejercicio poco discreto de socavar honras ajenas. Los más concurridos, en el siglo XIX, tenían solar, cómo no, en la plaza de la Villa o Mayor, bajo los portales los hombres, en las escalerillas que la comunicaban con la ciudad vieja las mujeres.


Y, al igual que 1680, surgió de nuevo la... ¿coincidencia?

En el cielo veraniego de finales de junio se hizo visible un extraordinario cometa, con la más larga cola que guarda el recuerdo, estirándose por todo el firmamento, y lloviendo miles y miles de meteoros en una auténtica tormenta de fuego. El pueblo nada sabía del paso, cerca del planeta, del Gran Cometa de 1861, uno de los más majestuosos nunca vistos...

...y se abandonó a la superchería de considerar lo que estaba sucediendo como obra del demonio o de las malas artes de la brujería, que habían encantado la gallina del abogado, por demás señas negra, para presagiar el gran infortunio que se cernía sobre sus cabezas.


Tomado de los archivos del Ministerio de Cultura - Archivos Estatales


Creyeron muchos que don Alonso Montoya era víctima de un poderoso y oscuro sortilegio y, por ello, cayó en desgracia para sus convecinos. Convencidos unos, por cautela otros, nadie volvió a visitar la casa de este caballero, por más motivo menos su corral, y se hizo costumbre que todo quien pasase por delante de su puerta en la calle Grajas se persignase cuantas veces creyera necesario para librarse de todo mal.

El futuro edil trasladó, entonces, corral y aves, malditas las ganas que el quedarían, a unos terrenos que poseía fronteros a la ermita del Calvario, con cuyos cofrades ya había tenido años atrás algún altercado por intentar apropiarse del descampado donde se hacían las romerías, y porque en ellos se juntaba la concurrencia para la procesión de viernes santo. No gustó a la Cofradía la cercanía de la desgracia, pero hubo de resignarse.

No obstante la grima de sus nuevos vecinos, más no se supo de la gallina de marras, si continuó completando la serie de huevos marcados, o si llegó al invierno para hacer con ella un buen caldo.

Mientras se tranquilizaban los ánimos en espera que otro asunto ocupase las mentes y los mentideros de sus paisanos, Montoya se deshizo de la infausta colección, enviándosela, a ciencia cierta no se sabe, a alguna corporación científica que pudiera estudiarlos y desvelar el misterio.


FUENTES:

GARCÍA MORALES, FERNANDO. Ventanas a la ciudad.
HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Historias y leyendas de la vieja villa de Cáceres.
HURTADO PÉREZ, PUBLIO. Supersticiones extremeñas. Anotaciones psico-fisiológicas.


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Jose Luis Hinojal Santos

Cáceres... en sus piedras es un mundo que rescato del olvido, para nuestro recuerdo y para acariciar nuestra imaginación con las mil y una historias que laten en sus viejas calles, vivir y sentir el aire quieto y sugerente de sus palacios y de sus templos como yo lo vivo y lo siento. Es el oxígeno necesario para mi alma de escritor.

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