EL MONO Y LOS CELOS. LEYENDAS DEL MONO II


LEYENDAS DEL MONO II

Las gárgolas de la casa del Mono provocan una extraña fascinación. Las trágicas muecas de los rostros petrificados en ellas fueron cinceladas para representar los vicios humanos, y proteger con su sólida presencia la mansión de ellos, cual si fueran guardianes frente a los desvaríos de sus moradores.

La gula...

La lujuria...

La soberbia...




Las muecas parecen cobrar vida en sus grotescas formas, llenas de profundo e intenso sentimiento. Por ello, nadie queda indiferente a estas gárgolas, a estas escenas sobre las que transitan leyendas como en ningún otro rincón de la ciudad vieja de Cáceres. Sustraerse a su encanto es un esfuerzo en vano y banal.


Las gárgolas eran un elemento constructivo destinado a alejar, en días de lluvia, el agua procedente del tejado directamente hacia el suelo de la calle, para proteger de este modo los muros y salvar los edificios de humedades. En el Medievo, adquirieron formas llenas de simbolismo, particularmente en los templos, en los que se empleaban para alejar a los pecadores; pero igualmente en los palacios, en los que los dueños eran especialmente sensibles a ahuyentar de su hogar espíritus malignos portadores de enfermedades o de precipitarlos en los vicios considerados por la Iglesia como pecados capitales: gula, avaricia, envidia, lujuria, pereza, ira y soberbia.


Solo que las creencias y supersticiones de los cacereños de aquellos tiempos no conocían de estos artificios de protección, más propios de la nobleza o el clero, o en todo caso de gentes letradas, y les hizo buscar y entretejer relatos y explicaciones más mundanas y complacientes, a modo de cómodas y cercanas metáforas que hicieran olvidar las duras condiciones en las que vivían. ¡Los ricos también sufrían...!

De este modo, las gárgolas de la casa del Mono se convirtieron, con el tiempo, en escenas sugerentes y dramáticas de una tragedia, de la que ya nadie dudaría que tuvo por escenario y telón la mansión de los Cáceres-Nidos.

La gula se transformó en mujer nostálgica y doliente...

La lujuria en una madre angustiada y protectora...

La soberbia en un anciano...

Y todas comenzaron a dar voz a la siguiente leyenda...

En tiempos pasados, vivieron una bella dama, joven y lozana, casada con un rico mercader de bastante más edad, quienes, tras años de matrimonio, no habían logrado aún el ansiado fruto de su unión.


Era frecuente, hace siglos, que las cacereñas casadas que no lograban quedar embarazadas, acudieran a las iglesias los domingos, para hacerse de agua bendita y bebieran de ella, para acto seguido hacer con devoción la señal de la cruz sobre su vientre, al tiempo que pronunciaban el nombre de Jesús.
¡De hacerlo nuestra protagonista, no le daría resultado la treta!


La mujer pasaba temporadas en soledad y creciente desdicha en ausencia del marido cuando éste debía atender personalmente sus negocios, que le llevaban lejos de la villa por jornadas que más se contaban, en ocasiones, por meses.

Requerido para aliviar el dolor de la espera, de un de sus viajes trajo a su esposa como presente un pequeño mono que devino en un oportuno sustituto del inexistente hijo, prodigándole tales atenciones la aprontada madre, que el animal gozó, incluso, de aposento y lecho propio.

¡El destino quiso que lo que era arreglo a una desdicha, se convirtiera en tragedia!




Por Cáceres pasó cierto día un apuesto caballero, buscando lugar donde pernoctar antes de proseguir camino, no hallándolo en ninguna posada. Enterado de la belleza y soledad de la esposa del mercader, decidió probar fortuna y cortejarla con dulces palabras, con tanto empeño, que ésta finalmente acabó por aligerar la celosa custodia de su honra y estado. Invitó al viajero a pasar la noche en su casa, no guardando por demás la ausencia del marido como éste hubiera deseado. Del ocasional galán nada más se supo cuando partió a la mañana, pero en prenda de su fugaz encuentro ella quedó embarazada.

Vuelto el comerciante, e ignorante de este episodio, recibió con orgullo y esperanza la feliz noticia:

- ¡Al fin tendré descendencia! - gritó con alborozo.

Colmó de atenciones a su mujer, dio instrucciones a los criados para que acudieran presto a cumplir cualquier deseo que se le antojase, transformó salas y aposentos para prepararlos al futuro acontecimiento... Y relegó al mono a un completo olvido, sólo y apartado en cualquier rincón de la casa donde no molestase o fuera siquiera visto. En el animal, alimentado por la tristeza y el dolor, fue creciendo el rencor hacia quienes antes le prodigaban tantos y tantos cuidados.

¡Llegó, al fin, el día!

Nacido el niño, el simio buscó oportunidad para vengar su abandono, y la encontró un día en que la cuna no estaba vigilada. Cogiendo fuertemente al bebé...

¡No dudó!

Cegado por los celos, lo cogió con sus manos animales y lo arrojó por una ventana, dándole muerte, confiando que con ella volvería el favor y el amor de sus padres humanos.

El negro ciñó la casa; la alegría y la esperanza huyeron de ella para siempre. El mono fue buscado y...

Algunas noches, hay quienes dicen escuchar gritos no humanos, de sufrimiento y desesperación, cuando pasan junto a la mansión. Entonces miran temerosos las gárgolas y recuerdan la tragedia, y al mono que la sumió en el más triste dolor que pudiera imaginarse.

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FUENTES:

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Historias y leyendas de la vieja villa de Cáceres.


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Jose Luis Hinojal Santos

Cáceres... en sus piedras es un mundo que rescato del olvido, para nuestro recuerdo y para acariciar nuestra imaginación con las mil y una historias que laten en sus viejas calles, vivir y sentir el aire quieto y sugerente de sus palacios y de sus templos como yo lo vivo y lo siento. Es el oxígeno necesario para mi alma de escritor.

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