UN EPISODIO DE BESTIALISMO. LEYENDAS DEL MONO III


No puedo comenzar la leyenda que continúa siguiendo el gusto de los nuevos tiempos, que en el trazado del relato de lo que aconteció en la casa de los Cáceres-Nidos, popularmente conocida como casa del Mono, comienzan a asomar nombres históricos para recrearla con un añadido de realismo, a mi juicio innecesario e irreverente con los mitos y supersticiones locales.

Estos nombres ponen caras a los principales actores, y, así, el matrimonio que siempre protagonizó de forma anónima la tragedia será, de acuerdo a los cantores modernos, el formado por don Gonzalo de Cáceres Andrada y doña Marina Alonso de los Nidos, quienes construyeron esta mansión a finales del siglo XV. No obstante, ello nos aleja de lo que, si bien leyenda y, por tanto, con algo de cierto en lo más profundo de su trama, no deja de ser un mero objeto de fabulación, enraizado en creencias ancestrales.




Dejemos a Gonzalo y Marina Alonso dormir el sueño de los justos y afrontemos, siguiendo la tradición, la más extraordinaria, fantástica y sorprendente versión de la popular leyenda del Mono, la cual nos recuerda un supuesto de bestialismo en la villa de Cáceres, en los primeros años de la edad moderna.


El bestialismo, hoy conocido como zoofilia, era el conocimiento carnal entre un humano y un animal, lo que se consideraba contra naturam. Un delito grave a los ojos de la Iglesia y de la Inquisición (uno de los pecados nefandos), que al perseguir la práctica castigaba a los reos a azotes, galeras, cuando no quemarlos vivos en la hoguera. El animal con el que se pecaba no quedaba "impune" y se llevaba la peor parte, pues le daban muerte sin remisión posible.


Vamos, sin más preámbulos, por la leyenda...

Entre los espaciosos muros de la casa de los Cáceres-Nidos, una mujer lloraba su soledad y su infortunio. Hace años, apenas entrada en la pubertad, la obligaron a un matrimonio desigual, con un hombre de bastante más edad.

Debía asegurar su linaje...

Debía darle hijos...

Pero su vientre no daba fruto alguno.

Su papel yacía confinado en el de rica hembra procreadora y no estaba cumpliendo este rol. Aún así, su marido era atento, la miraba con ojos enamorados y le entristecía dejarla sola para atender sus negocios; algunos de ellos le obligaban a ausentarse semanas, meses...

De regreso de uno de sus viajes, trajo el viejo mercader un valioso regalo con el que su mujer podría aliviar su melancolía en la próxima salida.

¡Un mono!

Y sucedió aquello que deseaba el señor de la casa: la joven acogió con gusto y alegría al animal, prodigándole tales atenciones que el simio disfrutó de aposento y lecho propio como un miembro más de la familia.


Gárgola central de la fachada de la casa de los Cáceres-Nidos


El mercader volvió a su negocio. Esta vez su ausencia fue por más largo tiempo, pasado el cual regresó y con extremo entusiasmo y orgullo recibió, nada más encontrarse con su esposa, la feliz noticia de que, al fin, tendría la ansiada descendencia. La colmó, entonces, de atenciones, cumpliendo con celo sus obligaciones de marido y futuro padre...

...hasta que el niño nació.

Al cogerlo en sus brazos, adivinó en el bebé inequívocos rasgos simiescos, y su mente enloqueció no ya en la sospecha, sino en la firme creencia de que abrazaba un ser concebido y engendrado por su mujer y el mono que había dado cobijo y cariño en su propia casa.

Enajenado por la infamia y lascivia de la joven esposa, el engañado marido tuvo el poderoso impulso de dar muerte al nacido contra naturam. Pero el simio, protegiendo al vástago, se lo arrebató en el último instante, lo asió fuertemente y huyó para siempre del roto hogar.


FUENTE:

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Historias y leyendas de la vieja villa de Cáceres.


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Jose Luis Hinojal Santos

Cáceres... en sus piedras es un mundo que rescato del olvido, para nuestro recuerdo y para acariciar nuestra imaginación con las mil y una historias que laten en sus viejas calles, vivir y sentir el aire quieto y sugerente de sus palacios y de sus templos como yo lo vivo y lo siento. Es el oxígeno necesario para mi alma de escritor.

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