EXORCISMOS Y UNAS MONEDAS BLANCAS


El antiguo cenobio de San Benito es una ermita situada en la sierra de los Alcores, y queda en el recuerdo que fue lugar de peregrinación y centro de fe hace siglos. Venían gentes de todos los lugares, incluso de la lejana Andalucía y del reino de Portugal, llamadas por los numerosos milagros que se prodigaron en el templo benedictino. Entre todos los prodigios de los que se tuvieron noticias, destacaron sobremanera los exorcismos que se practicaron entre sus muros, en los que la sola presencia de la imagen del santo era suficiente para rendir los demonios y otros hechizos malignos.

Mucha era la devoción que existía en la villa de Cáceres hacia la talla de San Benito, precisando que, de las dos que existieron en el lugar, tal devoción lo era por aquella que para distinguirla se la puso el apodo de san Benito el Viejo, que dataría al menos del siglo XV.


La muy antigua Imagen de este Santo, que allí se venera, y según graves Historia, es la misma que antes de la venida de los Sarracenos a España, se veneraba en un Monasterio que en este mismo sitio habitaron monjes benedictinos.
Extracto de "Noticias históricas de la M.N. Y L.Vª de Cáceres, provincia de Extremadura. Monumentos de la antigüedad que conserva", de Simón Benito Boxoyo.


La imagen no se salvó del olvido y abandono que padeció la ermita casi todo el siglo XX, a la que sólo se le daba uso en tiempos de epidemias como improvisado lazareto para personas con enfermedades infecciosas, dejándola en la práctica a su suerte hasta que se revitalizó la zona recientemente. El Viejo fue finalmente rescatada en muy mal estado por culpa de la carcoma y del xilófago.


Cuenta la tradición que, arruinada como estaba, la quemaron y enterraron sus cenizas en un lugar sobre el que, con los años, floreció un majestuoso árbol, quizá para recordar que los Alcores, en el siglo XVI, albergaban un frondoso bosque, en cuyo centro se erigía la ermita de San Benito, acompañada de otras tres, llamadas de santa Lucía, de santa Olalla y de santa Ana, que formaban y forman entre ellas un sugerente triángulo en pleno camino de Santiago del sur, antiguamente más transitado que la ruta norte peninsular.


Pero retomemos el tema de los exorcismos...




El primero de que se tiene noticia sucedió en 1530, con la venida de una niña endemoniada, Isabel de Orellana, procedente de la villa de Búrdalo, hoy Villamesías, cuyos padres recorrieron las diez leguas que separaban su lugar del de Cáceres, con la esperanza de redimir a su hija y ahuyentar al demonio que habitaba en su interior.

Cuentan que, estando en la ermita de San Benito, el padre comenzó a enumerar a viva voz las iglesias a las que pensaba acudir si la infeliz no curaba, hasta un total de doce. Y estando en ello, el diablo, molesto, se le encaró con sorna:

- ¡Cuéntalas, cuéntalas, que tantas son! - se escuchó desde lo más profundo de la energúmena.

Hirientes palabras que terminaron por enloquecer al progenitor. Agarrándola por las manos, llevó a la pequeña a rastras ante los pies de la imagen de san Benito el Viejo y allí la obligó a postrarse de rodillas sobre unas almohadas. La mantuvo así, en humillación, mientras le sujetaba con fuerza por las muñecas.




Al cabo de un tiempo, que se hizo interminable, dio señal finalmente el demonio, que, rendido, salió por la boca de Isabel en forma de una blanca, que, para testimonio de lo sucedido, se fijó con un clavo en la puerta de la iglesia.


La blanca era una moneda de escaso valor que circulaba aquellos años en España. Se denominaba así por el blanqueo especial a que se la sometía tras acuñarse, dándole un color parecido a la plata. Su uso era más propio de gentes de pocos recursos, y tener estas monedas era casi sinómimo de ser pobre. Por este motivo, empezó a circular el dicho, vigente aún hoy, de "no tener ni blanca" o "estar sin blanca", para señalar que no se tenía dinero.


Igual final deparó a una tal Juana Vivas, vecina del Casar. Estando endemoniada de varios años, la obligaron a acudir a la romería de san Benito un 5 de enero de 1533. Dentro de la ermita, entre los que estaban, la sujetaron y ataron los pulgares de las manos, hasta que cedió el maligno que, haciendo cosas extrañas, y lamentando la abogacía del santo en el suceso, salió del cuerpo de la mujer, expulsando tres blancas melladas, pues no uno sino tres eran los demonios que la tenían poseída.

Continúa en


FUENTES:

MECOLAETA, FRAY DIEGO. Vida y Milagros del Glorioso Patriarca de los monges San Benito, con notas, observaciones y discursos del P. Fr. Diego Mecolaeta, Benedictino.
PARRA TALAVERO, JOSÉ MARÍA. Ermita de san Benito de Cáceres (antecedentes histórico-artísticos).


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Jose Luis Hinojal Santos

Cáceres... en sus piedras es un mundo que rescato del olvido, para nuestro recuerdo y para acariciar nuestra imaginación con las mil y una historias que laten en sus viejas calles, vivir y sentir el aire quieto y sugerente de sus palacios y de sus templos como yo lo vivo y lo siento. Es el oxígeno necesario para mi alma de escritor.

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