LA GALLINA DE ORO. LEYENDAS DE LA MORA III


LEYENDAS DE LA MORA II

En el norte del antiguo reino de León, gallegos y asturianos conservaban, entre sus mitos, numerosas leyendas referidas a moras encantadas, que por oscuros sortilegios abandonaban su apariencia humana por haber cometido pecados de amor, condenadas a vagar por el mundo bajo forma de gallinas para expiar su culpa. Sólo en noches señaladas recuperan su humanidad, para luego seguir su condena el resto de los días.


Según cuentan leyendas de diversos pueblos de Asturias, a las 12 de la noche del día de San Juan, vuelven a su forma humana 12 princesas moras que fueron convertidas en pollitos de oro, que allí llaman pitinos, por haber cometido un pecado de amor.
En Galicia también existen leyendas de la gallina con pollitos de oro; según una de ellas, en Puente Ulla, cerca del río, hay una campana que a medianoche toca doce veces, en cuyo momento salen a la orilla del río una gallina blanca con doce pollitos de oro y un fantasma.
Adaptado de "Seres míticos y personajes fantásticos españoles", de MANUEL MARTÍN SÁNCHEZ.


Estas tradiciones llegaron a tierras de Extremadura, cuando los leoneses empezaron a conquistar a los musulmanes, y poblar, territorios a ambas orillas del río Tajo, pues en su numeroso ejército venían gentes de aquellas lejanas tierras del norte. Explicaron sus difíciles victorias aludiendo a extraños e imposibles enamoramientos y a malditas traiciones cuando amor y lealtad apuntaban a direcciones opuestas.

Recrearon aquellos mitos haciéndolos también presentes en la definitiva conquista del Hizn Qazris almohade, ganado por los leoneses tras un complicado asedio que se prolongó meses enteros hasta convertirlo en lo que sería en adelante la villa de Cáceres.

Hagámonos, pues, eco de las tradiciones...


Palacio de las Veletas, levantado sobre los restos del antiguo Alcázar almohade



Consumada la traición del infame capitán cristiano, el pasadizo que había permitido su clandestino amor con la hija del Qaid, se convirtió en instrumento por el que un grupo de soldados leoneses consiguió, en los albores del 23 de abril de 1229, burlar los defensores apostados en las murallas y entrar impunemente en el Alcázar almohade. El clamor de la victoria cristiana se alzó desde lo alto de la fortaleza y noticias de derrota anegaron el corazón de los indomables musulmanes y abatieron sus esperanzas de rechazar una vez más al enemigo infiel. Después de años de intentos fallidos, nadie de ambos bandos esperaba un desenlace tan rápido.

El asedio había sido largo y difícil, y, ahora, sin mediar apenas pelea, los leoneses se habían adueñado de la Medina y abandonado a un horrible saqueo y a la humillación de las familias que aún permanecían en sus hogares confiando en el poder de su jefe militar. Todo fue caso y destrucción al paso de los cristianos.


El Cáceres almohade estaba dividido, al igual que cualquier otra fortaleza musulmana, en Medina, zona residencial cuyo centro estaba ocupado por el Zoco, y Albacar, espacio vacío destinado al asentamiento y movimiento de tropas. Entre ambos, destacaba una tercera zona delimitada, la Alcazaba, ocupando la parte más alta, donde hoy estarían las plazas de San Mateo y el palacio de las Veletas, y en la que se alzaba el Alcázar.


El Qaid, sabedor enseguida de su destino y del de sus gentes, esquivando a sus enemigos acudió a las habitaciones de su hija, con el ánimo de darle muerte en un intento desesperado de salvarla de la miseria y la indignidad de la esclavitud a que la someterían los infieles. Acompañada de sus criadas, la encontró sollozando y gritando agónicamente su dolor y su culpa por haber confiado ciegamente en su indigno amante, a quie le reveló el magnífico secreto que se ocultaba en el camino de la Mansaborá.

Lejos de enternecerse por la confesión y las lágrimas de la hija, la entendió traicionada y, asimismo, traicionera, y enloquecido por la ira la llevó, junto a sus doncellas, al pasadizo que había sido el comienzo de su vil derrota.

Se cuenta que el Qaid, en tiempos de paz, se ejercitaba en las oscuras artes de la nigromancia y, en virtud de ellas, arrojó a las pérfidas mujeres a lo más profundo de la galería, sellando sus entradas con un profundo y poderoso anatema, mediante el cual, sólo cuando lo que hoy se perdía volviera a manos musulmanas lograrían salir de este cautiverio a que las condenaba.

¡Mas Cáceres nunca dejó de ser cristiana...! Allí permanecieron y permanecen en una eterna agonía.




Sólo en las noches de San Juan, al sonido de las campanas que anuncian la medianoche, escapan de su destino y salen a las calles de la villa intramuros, metamorfoseadas en una gallina seguida de pollitos de oro. Caminan taciturnas formando la más triste y grave de las procesiones, deambulando amparadas en el silencio de la noche, y desapareciendo al amanecer.


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Jose Luis Hinojal Santos

Cáceres... en sus piedras es un mundo que rescato del olvido, para nuestro recuerdo y para acariciar nuestra imaginación con las mil y una historias que laten en sus viejas calles, vivir y sentir el aire quieto y sugerente de sus palacios y de sus templos como yo lo vivo y lo siento. Es el oxígeno necesario para mi alma de escritor.

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