ROMANCE DEL ESPADERO (1ª parte)


La torre de Espaderos se alza airosa e imponente junto a la antigua y desaparecida puerta norte del amurallado cacereño, llamada indistintamente de Coria o del Socorro. Luce cerradas troneras, matacán esquinado y un bello ajimez, que invita a la imaginación de recrear el orgullo de la poderosa y abigarrada nobleza local, sus lejanas luchas de poder y, por qué no, también prohibidos amores que suscitaron tragedias que aún se recuerdan en los romances, como el que nos ocupa.


De Espaderos es el nombre más difundido por el que se la conoce. Es la torre Juradera de Espaderos de Publio Hurtado y la torre del Espadeiro que aparece en los documentos de hace apenas dos siglos. Recientemente, se defiende que ha de ser nombrada más correctamente como torre de los Cáceres Andrada, señores de Espadero, linaje que tenía su palacio en este solar y del que sólo queda el baluarte. El equívoco vendría por ser el escudo de armas el mismo para los Cáceres que para los Espaderos, quizá por un origen común.
De unos y de otros se cuenta, lo que debería considerarse más una leyenda al no existir apoyo documental, que fueron los apellidos que ostentaron los caballeros presentes en la conquista definitiva de la villa a los almohades en 1229, y que, a diferencia del resto, desearon fijar su residencia en ella y no seguir batallando más al sur contra los musulmanes.
También como leyenda, ésta de ambientes académicos, debemos creer que es la opinión de algunos autores que consideran que esta torre está levantada sobre una anterior de origen romano, de la que partía una de las dos vías principales de la colonia Norba Caesarina: el cardo.




He aquí un romance en prosa que se contaba y cantaba hasta no hace mucho por las calles de la vieja villa, y que nos habla del prohibido y trágico amor de una noble doncella con un joven plebeyo.

Eran tiempos en que la muy leal y noble villa de Cáceres se hallaba sumida en crueles y fratricidas luchas de banderías, en las que el honor y el coraje eran las monedas más preciadas por sus caballeros. Sólo la llamada del Rey, para conquistar nuevos territorios al musulmán, o el ataque de un enemigo común, ya fuera el agareno o el portugués, los hermanaba y traía momentos de paz y silencio a unas calles bañadas en sangre de criados y pecheros partidarios de los llamados bandos de Arriba y bando de Abajo.


Las banderías enfrentaban a linajes y familias, unas contra otras. Se reunían en torno a dos bandos, que podrían tratarse como de leoneses y de castellanos. Los primeros principalmente ocupaban solares de la colación de san Mateo, o de Arriba, mientras que los segundos lo hacían alrededor de la de santa María, o de Abajo. No obstante, esto ha sido de siempre una simplificación, pues dado los con continuos enlaces matrimoniales qeu se concertaban en una nobleza local por sí endogámica, sería difícil trazar la frontera sobre el terreno de los bandos enfrentados. En muchos documentos de la época, sí se hace referencia a bando de Arriba y bando de Abajo, e incluso la reina Isabel I de Castilla, la Católica, impuso como una medida pacificadora, unificar las banderas bajo las que luchaban unos y otros en la villa de Cáceres, un león y un castillo, según la leyenda consiéndolas y uniéndolas con sus propias manos.


En uno de estos momentos de tregua de la levantisca nobleza, se cuenta que un altivo caballero, encopetado en el arte de la guerra, con fama de excelente mílite y muy preciado de sí mismo, preparando un torneo al que había sido invitado por el monarca castellano Enrique IV, contrató los servicios de un joven espadero con buenas dotes en este oficio y del gusto y respeto de ambos bandos. Su interés no era otro que acompañar su ganada fama arropado de las más bellas y magníficas armas con que asombrar a la Corte y caballeros presentes en las justas, pues atributo suyo era también la arrogancia.

Viudo como era, su otra pasión descansaba en su única hija, bella doncella que prometía provechoso enlace conque engrandecer su posición, y a la que mantenía apartada del bullicio de la época tras los fuertes muros del palacio que la cobijaba, con la sola compañía de una criada. La única atracción que le permitía su claustro se la brindaba el bello ajimez de la torre, pasando sus mejores horas mirando desde él lo que de suceder hubiera en las angostas calles que circundaban la iglesia de Santiago, aprovechándose de la discreción que le proporcionaba la celosía que protegía el vano de los ojos curiosos de las gentes que iban y venían.


Foto tomada de www.castillosnet.org


Los ajimez son una de las señas de identidad de la arquitectura del Cáceres histórico. Son pequeños vanos de influencia musulmana, o ventanas también llamadas en castellano geminadas, formadas por dos arcos gemelos de herradura separados por una columna o parteluz. Ajimez procede del árabe assammis (lo expuesto al Sol) y completan su bella estampa el que antiguamente estaban cerrados por celosías, que permitían que las doncellas musulmanas pudieran mirar lo que sucedía en el exterior sin ser vistas.


En los numerosos enfrentamientos contra los del otro bando, los compañeros de amas del padre accedían a la casa y cruzaban patios y habitaciones para reunirse y batallar desde la torre, bien situada en una encrucijada de calles en el norte de la villa. Los caballeros tenían la oportunidad así de admirar, siquiera breves momentos, los progresos en lozanía y belleza de la hija, que adivinaban en fugaces miradas o encuentros causales.

Ganó la doncella, con estos episodios, justos comentarios de ser de las más hermosas que en Cáceres hubiera, premio que el padre guardaba celosamente para quién por posición y riquezas más le conviniere.


Continúa en
(2ª parte)


FUENTES:

ARIAS CORRALES, JUAN. Cuatro leyendas cacereñas.
HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Historias y leyendas de la vieja villa de Cáceres.


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Jose Luis Hinojal Santos

Cáceres... en sus piedras es un mundo que rescato del olvido, para nuestro recuerdo y para acariciar nuestra imaginación con las mil y una historias que laten en sus viejas calles, vivir y sentir el aire quieto y sugerente de sus palacios y de sus templos como yo lo vivo y lo siento. Es el oxígeno necesario para mi alma de escritor.

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