ROMANCE DEL ESPADERO (2ª parte)


(1ª parte) 

Pese a la celosa guardia del padre, el amor se presentó de forma inesperada, ignorante de otros usos y provechos, como los que pretendía el poderoso señor. El encierro a que obligaba a su hija, confinándola a una vida de infortunio y sin esperanza, se convirtió en un valioso aliado. Pues suponiendo que dentro de la casa y con su custodia, su tesoro estaría a salvo de cualquier tentación y de todo artificio que lo echara a perder contra sus deseos, el noble no tomó conciencia de que precisamente él había facilitado que viajasen por sus estancias libremente los dardos de la pasión.

El corazón de la joven empezó a suspirar por el espadero, que todos los días acudía presto a trabajar en la fábrica de espada, puñal y lanza que enorgullecieran al caballero. Poco conocía de la existencia de la hija, si no adivinando su silueta tras las celosías, ansioso, no obstante, de saber si eran ciertas las canciones que sobre su beldad y reclusión se cantaban en la villa.


Litografía de época del oficio de armero y espadero


Llegó el gran día de las justas organizadas por el rey castellano para su entretenimiento, y a ellas acudió con sus mejores galas lo más granado de la nobleza del reino, y, entre ella, el cacereño. A la Corte llevó consigo un numeroso séquito, entre los que destacaba su hija, y que también contaba con el espadero, como ayuda de cámara.

Durante el torneo, deslumbró a todos con su destreza en los juegos de cañas, ganando la admiración del rey y del resto de caballeros cristianos que igualmente habían acudido a la llamada real.


El juego de cañas era un espectáculo a modo de torneo, dentro de lo que se llamaban las justas, muy típico entre caballeros y nobles, donde incluso solía participar el propio rey. Varias cuadrillas de jinetes corrían por el lugar, lanzándose unos a otros lanzas (que eran las cañas). El caballero más hábil del juego conseguía librarse de los golpes y, a su vez, golpear a sus contendientes con sus lanzamientos, teniendo cuidado de que no cayera la lanza sobre las ventanas donde las damas miraban el juego.


Juego de cañas en la villa de Valladolid. Litografía del siglo XV

Presente en los espectáculos, la hija ganó igualmente una sentida y admirada aclamación unánime a su delicada belleza, siendo agasajada por muchos caballeros, henchido el dueño de su destino de sus días por la solicitud y homenajes recibidos. Ensoberbecido por la próspera jornada, accedió a la petición del monarca para iniciar una nueva operación contra los nazaríes. Deseoso de entrar en acción, dejó a la doncella al cuidado del espadero en su regreso, junto al resto del séquito, a Cáceres, sin pensar siquiera que hubiera peligro en ello, depositada su confianza en quien, con su buen oficio, había sido un buen artífice de su gloria.

Mas sucedió en el camino que, aligerados de la estrecha vigilancia paterna, mediaron bellas palabras entre los jóvenes, y, sin otro cuidado, se entregaron al amor que sentían.

La pasión no entiende de lugares y tiempos, y el romance, sin que ellos se apercibieran, fue causa de retrasos en el viaje de vuelta. Y lo que era dicha infinita trocó en tragedia.

El padre, terminada con éxito la breve cruzada, tornó camino a su hogar. Divisando, desde la lejanía, las torres de la villa imprimiendo su recia y grandiosa línea en el horizonte, se extrañó al dar alcance al séquito, que debería haber llegado muchas jornadas atrás a su destino, y que, sin embargo, yacía varado y ocioso aún a varias millas. Sorprendió a los amantes en palabras de amor y de futuro, y, montado en cólera, apresó al espadero y lo condujo, tan pronto le fue posible, a las mazmorras de su palacio.

Enloquecido por el ultraje, le sometió a un cruel tormento, empleando todas las prácticas de tortura que se le antojaban para que confesase el alcance de la seducción, a lo que sólo obtenía la misma respuesta: la honra de su hija había sido respetada. En su enajenación, el señor hacía caso omiso y redoblaba los esfuerzos en su infame dedicación.




Se cuenta que la joven pudo por fin acceder, en un descuido del padre y de los criados que le auxiliaban en la cruel tarea, a la mazmorra donde agonizaba el espadero y alcanzó a recoge su último suspiro abrazada al mutilado cuerpo de su amante, quien viéndola, antes de morir le dedicó una sonrisa.

¡Tanto dolor le produjo la horrible tragedia en que había acabado su amor, que en el abrazo también ella murió de pena!

Enterados del fatal desenlace, hubo caballeros que dieron muerte al delirante padre, y para eterno recuerdo de esta historia, el propio rey ordenó demoler el palacio...


El palacio de los Cáceres Andrada se levantó a finales del siglo XIII. En un momento de la historia, desapareció, quedando sólo en pie la torre. El espacio fue ocupado durante siglos por casas humildes y populares hasta que, entrado el pasado siglo XX, éstas fueron demolidas y el solar allanado y habilitado para aparcamiento. Hace unas décadas se construye en este espacio el actual Archivo Histórico Provincial, con polémica incluida por su poco afortunada arquitectura, luego de desechar la idea de que formara parte del Parador de Turismo.


La torre sigue alzándose al cielo y ya pocos recuerdan que, en sus entrañas, yacen los que por amor murieron, y según la tradición, en las noches de plenilunio entonan los amantes su eterna canción de enamorados.


FUENTES:

ARIAS CORRALES, JUAN. Cuatro leyendas cacereñas.
HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Historias y leyendas de la vieja villa de Cáceres.


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Jose Luis Hinojal Santos

Cáceres... en sus piedras es un mundo que rescato del olvido, para nuestro recuerdo y para acariciar nuestra imaginación con las mil y una historias que laten en sus viejas calles, vivir y sentir el aire quieto y sugerente de sus palacios y de sus templos como yo lo vivo y lo siento. Es el oxígeno necesario para mi alma de escritor.

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