ELEGIDA POR LOS DIOSES


Hagamos un salto en el tiempo. Un salto de más de dos mil años para encontrarnos en lo alto de una pequeña colina, de suave pendiente salvo en su franco oriental, donde rugen las aguas de un arroyo de aceptable caudal, escarpando la ladera. Es el espacio que hoy cubre la zona intramuros de Cáceres, la vieja villa. Hagamos desaparecer, pues, sus templos, sus palacios y sus casas más humildes, e igualmente la muralla, la actual y aquellas otras sobre las que se levantó orgullosa hace ya ocho siglos.


Algunas conjeturas, algunas leyendas de ambientes técnicos más bien minoritarios, dirán que encontraríamos en esa colina, en el tiempo al que nuestra imaginación nos lleva, un pequeño castro celtíbero, o lo que podrían ser las ruinas de él, pues la zona es controlada ya por el invasor romano y varios campamentos alojan a las tropas extranjeras. No obstante, nada indicará en el futuro la existencia de una aldea autóctona.
Otras conjeturas postularán que nos situaríamos, en esa colina, en el corazón mismo del campamento romano Castra Caecilia, rodeados de legionarios ociosos en un territorio ya pacificado. Pero igualmente, si bien no borraremos su rastro histórico, no lo encontramos en nuestra pequeña colina, aunque vemos sus defensas y sus torreones si dirigimos agudamente la vista hacia el norte, cerca de una legua. Más cercano, hacia poniente, en el cerro que hay pasado un arroyo que con el tiempo tomará el pretencioso nombre de río Verde, podríamos atisbar otro asiento romano... pero esto es una tercera conjetura que, hoy día, nos hace aún dudar y especular.


Dejaremos de lado estas conjeturas para acercarnos a un escenario vívido, en el que los mitos y las supersticiones de las gentes entretejen sus hilos con la difícil y, a veces, quebradiza Historia, enriqueciéndola de magia y de unos recursos explicativos quizá extravagantes, pero fuertemente arraigados en nuestras creencias y necesidades vitales.

Por ello, invito a que utilicemos la imaginación para vivir una nueva y diferente experiencia en medio de una colina poblada de encinas, alcornoques y vegetación del lugar, con animales, algunos de ellos difícil de creer hoy que deambularan por estos lugares, hace de ello ya muchos siglos. En nuestra visita espaciotemporal, estos animales han huido, porque algo está sucediendo, en uno de los claros que se abren en este bosque, entre algunas peñas.

¡Es el año -34, aproximadamente!




Vemos a un personaje llamado Cayo Norbano Flaco, procónsul, con toda la legión romana colocada a sus espaldas en formación militar, junto a los estandartes que ondean empujados por una suave brisa. Frente a ellos, un augur, o sacerdote romano, está comprobando los presagios que decidirán si nuestra colina es un lugar elegido por los dioses.

Sus manos manipulan la última y reciente caza, hecha ex profeso para la ceremonia, y está abriendo los animales con la ayuda de un gladius (espada romana de origen celtíbero). Examina sus vísceras. Corazón, hígado, intestinos.

Su forma...

Su color...

Su olor...

Pudiera parecer que solo estaríamos ante un ritual ancestral, mágico; y en parte lo es, pues es heredado de los etruscos y supervive en los romanos por siglos y siglos, desde que el mítico Rómulo oficiara estos mismos ritos para trazar lo que será la Ciudad Eterna. Lo más significativo es que el augur no detecta nada inusual que le lleve a vaticinar malos presagios. Más allá de mitos, ritos y magia, estas entrañas suscitan unas esperadas palabras...

- ¡Están sanas! Buenas son las aguas y los aires de este lugar -vocifera a todos el sacerdote.

Con ellas nace un nuevo asiento romano, más relevante que los campamentos que la rodean, toda una colonia que simulará, al igual que otras fundaciones, a la ciudad madre de Roma.

¡Un lugar elegido por los dioses!

La segunda de las cinco únicas colonias que los dioses permitirán levantar en ese extenso territorio que el invasor llama Lusitania.


Cinco fueron las colonias que Roma fundó en su provincia Lusitania, que ocupaba todas las tierras al sur del Duero hasta el río Guadalquivir, lo que hoy sería la mayor parte de Portugal, la provincia y Extremadura. Por orden de su fundación, estas colonias fueron Metellinensis (Medellín), Norbensis o Norba Caesarina (Cáceres), Augusta Emérita (Mérida), Pax Iulia (la portuguesa Beja) y Scalabis (la también vecina Santarem).


Los dioses muestran su agrado por el nacimiento en esta colina de Norba Caesarina. Está naciendo Cáceres.




En el mismo punto en que está desparramada la sangre, aún caliente, resultante del sacrificio de los animales, el procónsul Cayo Norbano Flaco abre una pequeña fosa circular, el mundus, el centro de todo, el centro de la colonia, un sencillo agujero en el que deposita tierra traída del lugar de procedencia de los fundadores, y sobre la que se edificará un altar consagrado a los dioses. Tierra traída, según la leyenda, de la mismísima y mítica Norba latina, destruida hace décadas por el orgulloso dictador romano Sila, sediento de gloria y poder.

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Jose Luis Hinojal Santos

Cáceres... en sus piedras es un mundo que rescato del olvido, para nuestro recuerdo y para acariciar nuestra imaginación con las mil y una historias que laten en sus viejas calles, vivir y sentir el aire quieto y sugerente de sus palacios y de sus templos como yo lo vivo y lo siento. Es el oxígeno necesario para mi alma de escritor.

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