LEYENDAS DEL CRISTO NEGRO (3ª parte)


 (2ª parte)

Presente en el juramento de los Fueros de Cáceres por Isabel la Católica.

Se cuenta que durante la ceremonia por la que la reina Isabel de Castilla, la Católica, en su primera visita a la villa de Cáceres, juró respetar los viejos fueros de Cáceres otorgados por el rey leonés Alfonso IX, no logró desembarazarse de su deseo de desviar la mirada hacia un crucifijo que estaba presente entre la multitud de nobles que la rodeaban.




Un 30 de junio de 1477, se hallaba lo más granado de una nobleza enfrentada en dos bandos, que acudían expectantes y recelosos a la llamada de la joven monarca, que les solicitaba con firmeza su adhesión, su lealtad y el olvido de sus viejas y sangrientas asonadas por las calles de Cáceres. Las espadas de los caballeros presentes, otrora ensangrentadas por luchas intestinas y linajudas, se hallaban ceñidas ante la visita regia. La propia Isabel era consciente de la tensión reinante; días antes había comentado sus sensaciones a su real Consejo...


"Yo siempre oí decir que la sangre, como buena maestra, va siempre a remediar las partes del cuerpo que reciben alguna pasión. Pues oír continuamente la guerra que los portugueses, como contrarios, y los castellanos, como tiranos, hacen en aquellas partidas y sufrirlas con disimulo, no sería oficio de buen rey. Pues los reyes que quieren reinar han de trabajar. A mí me parece que el rey mi señor debe ir a aquellas comarcas de allende el puerto, y yo a estas otras partes de Extremadura, para proveer en lo uno y en lo otro. Verdad es que en mi ida algunos inconvenientes se muestran de los que habéis declarado; pero en todos los negocios hay cosas ciertas y dudosas, y tanto las unas como las otras están en manos de Dios, que suele guiar a buen fin las justas y con diligencia procuradas".
Extraído de la "Crónica de los señores reyes católicos don Fernando y doña Isabel de Castilla y de Aragón", de Hernando del Pulgar.


Isabel de Castilla descabalgó de la mula, y se dirigió, con su séquito detrás, hasta la puerta Nueva. Allí juró respetar los Fueros de Cáceres, pero por encima de la solemnidad del momento y de las muestras de sumisión, muchas de ellas obligadas por las circunstancias y los nuevos tiempos, le llamó la atención la presencia de un magnífico y oscuro crucifijo, presidiendo el histórico día.

Con disimulo y en un susurro apenas audible, se dirigió a unos de los presentes y le preguntó por esta extraña e impactante imagen. Le comentaron en igual tono que era el Santo Crucifijo de Santa María, una vieja talla de la que nadie conocía su procedencia, y que sacaban en tiempos de epidemias y sequías, librándoles de estas calamidades. De ella se contaban, además, algunos milagros, y las gentes, nobles y pecheros, lo consideraban, por todo ello, bendecido por Dios.

Se cuenta que, tiempo después, entre las muchas y difíciles tareas que demandaron su atención y esfuerzo durante su reinado, Isabel de Castilla tenía aún grabada en la memoria aquella talla negra y perfecta, que transmitía por sí sola el sufrimiento del cuerpo en la cruz, en una pose patética y, a la vez, tenebrosa. Quiso llevarse el Santo Crucifijo consigo a la Corte, mostrando en varias ocasiones su firme deseo de comprarlo, incluso con medidas de presión para que se cediera a su pretensión... Pero ni el Concejo, ni la nobleza, ni el pueblo, todos al unísono, lo permitieron.


Era sacado en procesión para proteger la villa de epidemias, pestes y sequías.

La villa de Cáceres contaba, salida del Medievo, con médicos, cirujanos y boticarios. Constituían la primera línea en las tareas curativas de la población. A ellos se sumaban los llamados empíricos, grupo formado principalmente por barberos, sangradores y parteras. Su número era insuficiente para atender las necesidades de la sanidad cacereña, por lo que sus habitantes recurrían a otros medios para atender sus males, un tercer grupo que formaban hechiceras y curanderas, ensalmadores, saludadores, albéitares... una suerte de medicina milagrera en la que cobraban protagonismo las creencias religiosas, las supersticiones y las prácticas mágicas. En muchas ocasiones, no había más remedio...

¡...Y para tiempos de epidemias y miedos colectivos a contagios quedaba encomendarse a vírgenes y santos mediante novenarios, rogativas y penitencias! Hacia mediados del siglo XVI, esta labor estaba protagonizada por el Santo Crucifijo en buena medida. Aún no había nacido Francisco de Paniagua, personaje que traerá un siglo después la imagen de Nuestra Señora de la Montaña.




En aquellos siglos eran frecuentes las epidemias de peste o las llamadas pintas, que acechaban la villa con insistencia. El Concejo, ante las noticias que llegaban de otros sitios del reino, no dudaba en cerrar las puertas de la población para que nadie sospechoso de contagio pudiera entrar en ella. Aún así, Cáceres no se libró de la virulencia de la fiebre punticular (pintas o tabardillo) de 1556, que en apenas tres años diezmó considerablemente sus habitantes, llevando a la sepultura centenares de ellos, familias enteras.


Ver la entrada en este blog "El Cristo Negro y las pintas".


Aquellos años sacaron el Santo Crucifijo, que paseaba por unas calles desoladas, con fieles postrados en rodillas, con la mirada fijada a su paso en el suelo, pidiendo perdón por sus pecados y solicitando su intercesión para que no murieran más hombres y mujeres de Cáceres.

¡Es, quizá, el origen, de las leyendas más oscuras y fantásticas sobre el Cristo Negro...!

Continúa en
(4ª parte)


FUENTES:

CORRALES GAITÁN, ALONSO J.R. Historia y curiosidades de la santa Hermandad del Cristo Negro (de Cáceres).
HERNÁNDEZ PAZ, ELOY. El misterio de una imagen: Santo Crucifijo de Santa María.
SENDÍN BLÁZQUEZ, JOSÉ. Tradiciones extremeñas.


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Jose Luis Hinojal Santos

Cáceres... en sus piedras es un mundo que rescato del olvido, para nuestro recuerdo y para acariciar nuestra imaginación con las mil y una historias que laten en sus viejas calles, vivir y sentir el aire quieto y sugerente de sus palacios y de sus templos como yo lo vivo y lo siento. Es el oxígeno necesario para mi alma de escritor.

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