ARTÍCULO REVISTA NUNCA ES TARDE JUNIO 2017


Transcripción del artículo aparecido en la revista NUNCA ES TARDE, junio de 2017, editada por el Centro de Educación de Adultos "Maestro Martín Cisneros" de Cáceres, bajo el título Medicina supersticiosa en la villa de Cáceres.






MEDICINA SUPERSTICIOSA EN LA VILLA DE CÁCERES

La villa de Cáceres contaba, en siglos pasados, con médicos, cirujanos y boticarios. Constituían la primera línea en las tareas curativas de la población. A ellos se sumaban los llamados empíricos, grupo formado principalmente por barberos, sangradores y parteras. Aún así, su número era insuficiente para atender las necesidades de la sanidad cacereña.

Por este motivo, la población debía recurrir a otros medios para atender sus males, una suerte de medicina milagrera en la que cobraban protagonismo las creencias religiosas, las supersticiones y las prácticas mágicas. En muchas ocasiones, no había más remedio, ¡y siempre quedaba encomendarse a vírgenes y santos mediante novenarios, rogativas y penitencias, en epidemias y miedos colectivos a contagios!

Este otro grupo lo formaban hechiceras y curanderas, albéitares, ensalmadores, saludadores, etc. Todo un catálogo de renglones torcidos que ejercían su oficio en silencio, pues si bien gozaban de la estima del pueblo, fueron la mayoría objeto de persecución por el llamado Protomedicato o por la misma Inquisición, cuyos visitadores se presentaban en la villa y obligaban o recogían las denuncias de algunos lugareños. Por cuenta de ello, sus nombres son apenas un murmullo en el recuerdo de las historias locales; sólo se conocen quienes fueron delatados, y en Cáceres apenas fueron perseguidos y llevados ante los tribunales, ya fueran civiles o al Santo Oficio.

La villa de Cáceres conoció hechiceras o mujeres acusadas de hechicería; pero, bien porque debido a la presencia permanente de aquellos médicos y cirujanos fueran pocas, o bien porque no llegaran a ser delatadas por sus convecinos, su recuerdo se ha perdido. Aún así, podemos dejar testimonio de Isabel Pérez la Chata y de Catalina Bravo, dos mujeres cacereñas acusadas de ser hechiceras que, en 1654, pasaron por las cárceles secretas inquisitoriales, acusadas de la muerte, provocada por sus malas artes, de doña Mariana de Godoy, noble cacereña mujer de un don Álvaro de Ulloa, posiblemente el mismo que fuera acusado años atrás de favorecer la entrada de dos mujeres de dudosa reputación en la villa, violando el cierre de ésta ante un inminente peligro de contagio de peste.

Poco se sabe de las pócimas y ungüentos de hechiceras, si bien los ingredientes de que hacían uso eran variados, todos ellos enraizados en los secretos de la naturaleza y de sus virtudes, y tomados directamente o utilizados como apósitos, a modo de amuletos. La clave de su fuerza estaba, muchas veces, en ser recogidos estos ingredientes en determinados momentos del día o de la noche, o bajo ciertas circunstancias. Las recetas servían no sólo para curar enfermedades, sino también para otros menesteres, como eran aojamientos, retiradas de leche, o los llamados ungüentos del amor, en Cáceres llamados quereles.

Se guarda la composición en particular de una receta de hierbas, basada en raíces de Carolina, conocida como la hierba de los hechiceros, de Imperatoria y rizoma de la más rara Galanga o jengibre azul; durante la Preste en Cáceres de 1665 alguno salvó la vida masticando este elixir que, a decir de las curanderas, preservaba del contagio, con la sola precaución de que no se tragase la saliva, pues, de hacerlo, la pestilencia emanada sería peor que la propia peste. Parece que su eficacia fue tal que algunos médicos se admiraron de ello, y no menospreciaron el remedio; otros consideraban que sus efectos eran por pactos del demonio.

El albéitar era, en realidad, una especie de veterinario dedicado a la sanación del cuerpo de los brutos, o bestias, pero se conocen episodios en que sus servicios eran requeridos para practicas sus recetas particulares en los racionales, hombres y mujeres, cuando no eran eficaces en éstos las de los médicos. El caso más conocido es el de Clemente Yáñez, el de Castuera, famoso por sus curaciones casi milagrosas, por lo que era llamado frecuentemente por la nobleza local para sanar enfermos desahuciados. A comienzos del siglo XVIII, don García Golfín, caballero principal de Cáceres, enfermó de fiebres palúdicas, con un carácter remitente e intenso que agravó su padecimiento a extremos que, aunque los médicos de la villa le dispensaron varios remedios que habían demostrado su virtud en casos anteriores, terminaron por desahuciarlo, abandonando toda esperanza. El de Castuera fue llamado y tan pronto se presentó en casa del caballero, le aplicó una receta tan admirable, que el enfermo sanó fácilmente de la calentura que le había llevado a tal estado. Se cuenta que Clemente Yáñez vivió sus últimos años y murió en la villa, pero fueron conocidos su nombre y sus prodigios en toda España.

Por último, la figura del ensalmador era la del curandero que se dedicaba a sanar a los enfermos mediante ensalmos y otros artificios. Parecida, pero quizá más extraordinaria, era la del saludador, especializado en curar la rabia, aunque se solicitaban sus habilidades para otros males. Imaginaban sanar enfermedades a fuerza de bendiciones, santiguaciones y aliento. Se decía que la existencia de una cruz en su paladar confería virtudes antirrábicas a su saliva, por lo que, tras recitar algunas oraciones y otras fórmulas secretas, escupían sobre las heridas abiertas de mordeduras, llegando incluso, en algún caso, a orinar sobre ellas. Uno nacía saludador si resultaba ser el séptimo hijo varón de un matrimonio que únicamente hubiera engendrado varones, o haber llorado hasta tres veces en el vientre de su madre y ésta guardar el secreto, o nacer el Viernes Santo a las tres en punto de la tarde (la hora en que Jesús de Nazaret murió en la cruz)... Quizá todo esto fueran motivos por los que algún sector de la Iglesia los considerara secuaces del diablo que actuaban mediante conjuros y engaños.





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Jose Luis Hinojal Santos

Cáceres... en sus piedras es un mundo que rescato del olvido, para nuestro recuerdo y para acariciar nuestra imaginación con las mil y una historias que laten en sus viejas calles, vivir y sentir el aire quieto y sugerente de sus palacios y de sus templos como yo lo vivo y lo siento. Es el oxígeno necesario para mi alma de escritor.

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