LA DAMA DEL ALJIBE. LEYENDAS DE LA MORA IV


Camina la mujer, embutida en un traje de jubón negro y refajo colorido con un par de filigranas en la zona inferior. Avanza por la calleja del Gallo, guardando equilibrio y con su cabeza erguida, adornados sus cabellos con moño de los que se decían de picaporte, sosteniendo sobre el rodillo un cántaro vacío. Tararea y tararea despreocupada, mientras sube la empinada cuesta, y en el quiebro de la calle afronta unos pocos escalones que la internan en la casona. Agarra con sus manos el cántaro, pues el techo es bajo y el pasillo angosto, y con cuidado desciende la escalera a la altura del agua.


Hasta comienzos del siglo XX, los lugareños recogían agua del aljibe de la casa de las Veletas, accediendo por una puerta lateral, hoy cegada, sita en el callejón del Gallo, cuyo nombre se ha utilizado para simplificar, pues no se conocía por tal hasta mediados de dicho siglo.


Penumbra, humedad, silencio.


Callejón del Gallo y lateral de la casa de las Veletas. Foto de 1900: Archivo Histórico Municipal de Cáceres.


Llena el recipiente, y en los segundos de espera, del interior de la sala un suave murmullo llega a ella, roza sus oídos como un suspiro de voces apagadas. Mira en derredor, asustada. Acelera su tarea, una tarea cotidiana que también hicieron sus padres y los padres de sus padres, hasta perderse en la memoria del tiempo.

Vuelve el murmullo.

Decide que es suficiente agua por hoy. Sale precipitadamente, acompañada hasta la puerta por una brisa que parece de nuevos suspiros.

Y recuerda, al aire de la calleja del Gallo, la bella y triste historia que le contaba su padre, y el padre de su padre, hasta perderse en la memoria del tiempo.


* * *


Llora la mora, amarrada a una columna. Llora la tristeza, su soledad en el aljibe de la casa de las Veletas.

Llora su amor burlado y la traición por la que su pueblo y su padre murieron a manos de los infieles cristianos. Se perdieron para siempre las tierras y las casas de los suyos por culpa de un secreto revelado. Por su culpa.

¡Culpable de amar!

¡Culpable de traición!

Su pasión, su efímera pasión, dio a conocer el pasadizo en que satisfizo su ardiente y confiado deseo por un caballero de la guerra, súbdito del rey enemigo.

Llora la mora la ira del Qaid, su padre, el orgulloso y fiero gobernador de las tierras y las casas de los suyos. Por el pasadizo comenzó su derrota. Desde los caminos de la Mansaborá, el caballero de la guerra penetró por el túnel con una escogida tropa, mancillando sus palabras de amor y de honor tras la promesa de silencio. Fue fácil; más fácil de lo que esperaba el rey cristiano.

Victoria y derrota. Ganaron unos, por el deshonor. Perdieron otros, por la deshonra.

Llora la mora las lágrimas de su padre, el Qaid, el orgulloso y protector causante de sus días. Por el pasadizo comenzó su vergüenza. Confiado en sus fuerzas, aceptó desolado las perdidas. Pues perdió sin esperarlo las dos prendas más valiosas de su vida.

Su Hizn Qazris.

Su hija.

Conociendo la traición, enfureció y perdió la razón. Encadenó a la ingrata traidora en una de las columnas del aljibe de la casa de las Veletas, y le dio muerte, entre las lágrimas de amarga tristeza y humillación de su hija y gritos de rabia y dolor que aún reverberan en el silencio, humedad y penumbra de sus muros. Como un murmullo que parece suspiros de voces apagadas.




Llora la mora. Durante siglos vierte sus lágrimas, que desaparecen confundidas en la superficie quieta de las aguas del aljibe.

Durante siglos, los cacereños bebieron esas aguas.

Durante siglos, también bebieron sus amargas lágrimas.


No hace mucho existía esta otra tradición, o leyenda, para rememorar los motivos de la conquista del difícil Hizn Qazris (Cáceres) por las tropas del rey de León Alfonso IX. La versión se ha ido apagando por la más conocida que sitúa el cautiverio eterno de la hija del Qaid en el propio pasadizo, junto a las criadas que guardaron sus secretas relaciones.


FUENTE:

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Historias y leyendas de la vieja villa de Cáceres.


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Jose Luis Hinojal Santos

Cáceres... en sus piedras es un mundo que rescato del olvido, para nuestro recuerdo y para acariciar nuestra imaginación con las mil y una historias que laten en sus viejas calles, vivir y sentir el aire quieto y sugerente de sus palacios y de sus templos como yo lo vivo y lo siento. Es el oxígeno necesario para mi alma de escritor.

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