HOGUERAS Y UNAS ARAÑAS NEGRAS CON LAS PATAS MUY LARGAS


Antaño, las noches del 22 de abril, previas al día de san Jorge, los niños y niñas de cada barrio formábamos corros para disfrutar de magníficas hogueras, en las que ardían las maderas que habíamos encontrado, después de una suerte de búsqueda (o saqueo, según los maledicentes) de tan preciado combustible por calles y descampados cercanos, para luego colocarlas de cualquier modo en el punto elegido. De vez en cuando, teníamos la oportunidad de añadir viejos muebles de hogares que se desprendían de ellos, aprovechando la inveterada fecha y que habían aguantado malamente los rigores y humedades del invierno.


Cáceres hoguera de san Jorge en Santiago
Hoguera popular la noche vísperas de san Jorge. Imagen: hoguera del barrio de Santiago


De mayores, nos dijeron que esto de las hogueras lo hacíamos en recuerdo de las que debieron encender las tropas leonesas durante del largo asedio que sometieron a Cáceres cuando aún era fortaleza musulmana, allá por tiempos que ni imaginábamos. ¡En 1229! Con ellas, palabras de nuestros abuelos, se calentaba la hueste cristiana en las frías noches de espera y, de paso, amedrentaban a los guardias almohades que rondaban vigilantes la muralla defensiva, no sin temor de ver tanto fuego encendido.

Las creencias apuntaban, no obstante, a san Jorge, santo protector... de los murgaños, unas arañas negras con las patas muy largas que gustaban y gustan de lo sucio y de lo húmedo, muy abundantes en Cáceres. Los llamábamos murgaños porque recordaban a pequeños ratoncinos, que esto lo sé de quienes gustan de encontrar el origen etimológico de los nombres tradicionales.

Pensábamos que eran, y son, horribles y venenosos, y de ahí el dicho popular

Si te pica el murgaño,
no vives un año.

Pero lo cierto es que eran, y son, horribles... e inofensivos.

Se cuenta que con la sola invocación a la protección de san Jorge, miles de estos bichos acudían, como en una impensable procesión, hipnotizados por el fuego, y se arrojaban a las hogueras para desaparecer en ellas.

Nunca nos fijamos, pero contarse se contaba.


FUENTE:

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Historias y leyendas de la vieja villa de Cáceres (haz clic en el título).


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Cáceres en sus piedras

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